Aguas residuales, vertidos de hidrocarburos, plásticos, masificación del litoral, mala aplicación de las normas europeas… Sean dulces o saladas no son pocas las amenazas que afrontan nuestras aguas. Mientras el Mediterráneo se gana la etiqueta de mar más sucio del mundo, el cambio de hábitos de consumo de los ciudadanos y una aplicación seria y estricta de las normas por parte de las administraciones se configuran como las claves para que el futuro no sea negro, sino transparente.