HERVÉ KEMPF - Periodista francés experto en las negociaciones climáticas

“Sin un acuerdo mundial sobre el clima, se corre el riesgo de llegar a situaciones de guerra”

El periodista ambiental francés Hervé Kempf cubrió la cumbre del clima de Buenos Aires en 1998, cuatro años después de que se inventaran estos encuentros internacionales para intentar reducir las emisiones de efecto invernadero. Desde entonces ha estado en todas, las 16 que han seguido hasta Lima, que concluyó en noviembre pasado con un acuerdo de mínimos. Autor de una decena de libros en los que cuestiona el actual modelo político y económico, que considera responsable de la destrucción del planeta, el redactor jefe del diario de ecología online Reporterre  duda de que a finales de este año se alcance en la cita de París un acuerdo global vinculante para luchar contra el cambio climático.


¿Qué compromiso se puede esperar de la cumbre de París?

No me gusta hacer predicciones porque los acontecimientos siempre nos sorprenden.  Además al celebrarse en Francia, supondrá un importante reto para la política interior francesa, quizá nosotros le demos más importancia a esta conferencia que la que pudiera tener en Nueva York, en Bogotá o en Madrid. Aparte de esto, lo que está claro es que desde la cumbre de Copenhague en 2009, hay un movimiento bastante fuerte en la comunidad internacional para evitar a cualquier precio un fracaso como el que allí se produjo. Desde entonces, el cambio climático es cada vez más visible, cada vez más países ven sus efectos, con sequías, inundaciones, huracanes, etc. Otros como Canadá no se lo creen, pero muchos dirigentes saben que es un hecho que no pueden dejar de lado. En este sentido, la evolución de China es importante. Allí la vida cotidiana es muy difícil debido a la contaminación del aire, que es enorme. Hay ahí una realidad en la que los políticos empiezan a pensar.


¿Ha cambiado la reticencia de China en las negociaciones climáticas? ¿Cuál será su papel el próximo diciembre?

La negociación dependerá de China y de Estados Unidos. La oposición entre Pekín y Barak Obama fue una de las razones por las que todo se concluyó en la última semana en Copenhague. Ahora ambos se han adelantado, hablan de forma recurrente, y sobre todo ha habido un cambio muy importante: por primera vez China, su presidente, dice que acepta reducir sus emisiones de cara a 2030. Y eso es un punto de inflexión, porque desde el inicio de las negociaciones climáticas, China siempre había dicho: “Nosotros somos un país del sur, no tenemos por qué imponernos límites”. Ahora, este mismo país dice: “Sí, ahora prevemos poner tope nuestras emisiones”. Eso es algo que cambia sustancialmente la partida, porque se puede empezar a salir del tradicional enfoque que diferenciaba el esfuerzo de los países del norte de los del sur. El tercer elemento que ha cambiado es que todos los políticos y diplomáticos que se interesan por este tema son más pragmáticos y se preguntan: “¿Yo, un acuerdo vinculante como el  protocolo de Kioto?”. Ahora buscan algo que sea más aceptable por todos los países. Esto quiere decir que en París habrá muy pocas posibilidades de alcanzar un acuerdo vinculante como Kioto, sino más bien un tratado que no cree obligaciones.


Si no es obligatorio, ¿cómo se lucha contra el cambio climático?

La pregunta que estará encima de la mesa es si el calentamiento global se agravará lo suficiente de aquí a 2020 para que entre 2015 y ese año los países se digan “cambiamos de dirección”.


Hasta ahora, Europa había hecho de avanzadilla, autoimponiéndose los objetivos más ambiciosos de reducción de emisiones. ¿Hasta qué punto ha cambiado esto con la crisis?

Europa se ha puesto en posición de espera, se ha dicho: “Siempre hemos sido los primeros y no hemos conseguido tener peso, así que ahora anunciamos alguna que otra medida pero le toca a China y a Estados Unidos hacerlo tan bien como nosotros”. Europa estará mucho menos activa en París de lo que estuvo a principios de esta década. Además,  está muy debilitada por Grecia, por la difícil situación económica y por el hecho de que países como Polonia están muy enganchados al carbón. Europa ahora es mucho menos homogénea sobre el cambio climático, menos fuerte. Luego hay un factor político, y es que tenemos a gente como Jean-Claude Juncker [presidente de la Comisión Europea] y una Comisión neoliberal, que se interesa muy poco por el medio ambiente y para la que este tema no es una prioridad. Europa tendrá un papel secundario. El más importante será el del binomio China - Estados Unidos.


Ha cubierto las cumbres del clima desde 1998, en Buenos Aires. Vistos los lentísimos avances, ¿es un marco todavía creíble, útil para avanzar?

Las soluciones deben darse primero en cada país, que la gente, las economías y los políticos estén convencidos de que hay un verdadero problema sobre el cambio climático. Esa es la clave de todo. Frente a un país como Canadá, uno se dice que es verdaderamente dramático porque hay una total insensibilidad, como en Australia. Y luego están Grecia, España o Portugal donde la situación económica es tan difícil para la gente que les cuesta pensar en el medio ambiente. Para países pobres como Chad o Filipinas, la lucha contra el cambio climático es difícil, a pesar de las inundaciones o las sequías, que ya son una realidad muy perceptible. Al mismo tiempo, esta es una cuestión verdaderamente mundial, y desde ese punto de vista, aunque Naciones Unidas sea muy decepcionante, representa un ideal de comunidad política internacional, el espacio, aunque sea caótico y difícil, donde todos los países pueden reunirse y debatir  juntos. ¿Dónde, si no, podrían decir que hay un gran lugar de reflexión colectiva sobre el cambio climático?


Sin ese paraguas, ¿se pierde la negociación?

No solo se perdería la negociación, sino que se correría el riesgo de llegar a situaciones de guerra. Los efectos del cambio climático, que serán cada vez más fuertes, terminarían por traducirse en guerras entre unos y otros debido a fenómenos de migración, de pobreza extrema en algunos lugares, de enfrentamientos por tal o cual recurso.  No hay que olvidar que detrás del desafío climático lo que está en juego no es solo la salud del planeta, sino la posibilidad para las sociedades humanas de vivir en un espacio ambiental estable para evitar la guerra. Por ello, el  ideal de Naciones Unidas, cuyo principal objetivo es mantener la paz entre los países, sigue siendo esencial.


¿Qué ha cambiado en la lucha contra el calentamiento desde 1998?

Las emisiones han seguido creciendo de forma muy importante y hay más conocimiento sobre el tema. Pero sobre todo hay un hecho fundamental y es que el espacio entre países pobres y ricos se ha reducido muchísimo. Hay un creciente número de países emergentes, sobre todo China, que tienen una potencia y una riqueza muy considerables, lo que hace que de cierta forma, la comunidad internacional sea más homogénea que en 1998.


¿Cómo se explica ahora a países empobrecidos como España o Portugal que el cambio climático es una cuestión tan importante?

Diciéndoles que hay una relación clara entre la degradación del medio ambiente y de las sociedades. El fuerte aumento de las emisiones de efecto invernadero se sitúa en un sistema económico neoliberal que reposa sobre una fuerte desigualdad. Se sigue queriendo producir mucho, generando así gases de efecto invernadero, por no querer poner la cuestión social y de la justicia encima de la mesa. No solucionaremos el cambio climático si no vamos hacia sociedades más coherentes y con menos desigualdad. No se resolverá en sociedades que son tan desiguales, con tanto desempleo y tanta gente rica en lo alto de la pirámide.


Este año Francia votará una ley de transición energética que prevé reducir la producción de energía nuclear. ¿Hasta dónde cree que llegará el Gobierno de François Hollande?

El Gobierno ha dicho que pondría tope a la producción nuclear [del 75% al 50], pero no tiene mucha intención de hacerlo. Es una ley muy complicada que no está clara, pero no cambia realmente la situación actual.

Sara Acosta 

Equipo y patrocinadores