No siempre más significa mejor. El nuestro es un buen ejemplo. En 2009, España recibió 52 millones de turistas internacionales (un 8,7% menos que en 2008, cuando se superaron los 57 millones) que gastaron 48.000 millones de euros (un 6,8% menos que el año anterior) y el turismo supuso más de un 10% del PIB nacional. Los que residimos aquÃ, realizamos 174 millones de desplazamientos (el 93% dentro de España). Somos el segundo paÃs del mundo con mayor número de visitantes y en cuanto a ingresos generados por la actividad turÃstica. El sector empleó a 1,9 millones de personas, un 2,1% menos que en 2008, por lo que el 12% del empleo nacional en 2009 correspondÃa al turismo.
Y, sin embargo, el sector adolece de serios problemas. No en vano en los últimos años se ha hablado tanto de la renovación de los destinos maduros y de encontrar alternativas al turismo de sol y playa. La antaño barata España, que vendÃa estancias en hoteles a pie de playa, ya no puede competir con los precios y la oferta de otras potencias turÃsticas del Mediterráneo como TurquÃa, Marruecos o Túnez. Y, según los expertos, tampoco debe hacerlo.
Hace ya tiempo que llegó la hora de que España deje de apostar por la cantidad y se enfoque hacia un turismo de calidad. Menos turistas, menos impacto y más beneficios. Los masificados destinos costeros bordeados por moles de cemento, emblema de un modelo insostenible, han de dejar paso al turismo rural, activo, cultural, gastronómico, de interior… y también costero, sÃ, pero evitando asfixiar en cemento las pocas playas vÃrgenes –más amenazadas que nunca, ya que constituyen un patrimonio extremadamente frágil y vulnerable al fuerte impacto del turismo – que aún quedan en los 8.000 kilómetros de ellas de que dispone el litoral español. Un turismo que beneficie a las comunidades locales sin distorsionarlas, uno que apenas deje huella en el paisaje. Un turismo, en definitiva, más sostenible y responsable. Al fin y al cabo, no se puede olvidar el hecho de que España es, tras Rusia, el segundo paÃs con más reservas de la Biosfera declaradas.
Ello implica unas estrategias turÃsticas muy diferentes –apuesta por la calidad, por los pequeños hoteles, por lo rural, la eficiencia energética, la edificación sostenible, la implicación de las localidades…– y también una actitud diferente por parte del turista. Un turismo responsable implica a un viajero que quiere disfrutar de la experiencia de su viaje, pero sin dejar una huella negativa a su paso. De ahà la necesidad de que administraciones y empresas de los destinos adopten prácticas que minimicen los impactos negativos del turismo y maximicen los positivos.
En definitiva, el turismo responsable implica asumir una responsabilidad individual y colectiva de la triple sostenibilidad básica: económica, social y medioambiental. Supone comprometerse a implementar los principios del desarrollo sostenible, asumiendo la propia responsabilidad.
A una escala más global, un turismo bien gestionado, que suponga el mantenimiento de los recursos naturales y ponga en valor, sin degradarlo o sobreexplotarlo, el paisaje y los activos rurales y culturales, puede suponer una opción para el desarrollo de los paÃses empobrecidos, principalmente en comunidades rurales, como alternativa a la extracción y explotación de sus recursos naturales.
El sector turÃstico debe replantearse su situación y definir nuevos productos y servicios ante una demanda social de productos ambientalmente responsables que demandarán, además nuevos empleos verdes. Y eso pasa por una reorientación hacia un nuevo modelo de turismo interior, cargado de nuevas oportunidades sostenibles.
VER artÃculo completo:
- Las caracterÃsticas del turismo responsable
- Un sector que deja huella
- Las oportunidades
- Decálogo del turista responsable
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